Maltrato a los animales y violencia doméstica - José Francisco Capacés Sala

ADDAREVISTA 32

En nuestra sociedad hay temas que la moral imperante los hace invisibles, con las desagradables consecuencias de darle la espalda a temas tan presentes en nuestra vida cotidiana como son la muerte y la violencia doméstica.

Los expertos en violencia de género y doméstica hablan de la “herida invisible”. En muchos carteles de campañas de sensibilización, aparece la mujer de espalda o con la cara tapada, para que nos demos cuenta de la vergüenza que sufren las propia víctimas. Pero de esta manera proporcionamos la idea de esconder y ocultar un tema tan cercano como la muerte. Sólo las víctimas de violencia de género ocultan su “herida”, el resto de vejaciones que sufrimos a diario tendemos a exponerlo en público, para que la sociedad y las administraciones pongan remedio. Pero la violencia contra las mujeres, los ancianos y los niños la ocultamos y escondemos para no darnos cuenta de la degradación en la que permitimos que crezcan nuestros hijo.

Cuando hablamos de violencia doméstica incluimos a las mujeres como víctimas y nos olvidamos de los ancianos y los niños que la sufren de la misma medida en los hogares violentos. Pero los grandes olvidados de la violencia doméstica son los animales que viven en esos lugares. Nadie duda de los vínculos de afectividad que se crean entre los miembro de una familia y la mascota que convive con ellos. Muchos propietarios se desahogan de su pena llorando en nuestras consultas, ya que sabemos escucharles y comprendemos su dolor. Se quejan de que en sus círculos más próximos no entienden esa pena. Muchas mujeres, ancianos y niños víctimas de la violencia doméstica ocultan su dolor en su entorno por temor a no ser entendidos y no pueden comunicar el pesar que sufren por su animal de compañía que es agredido como preámbulo al maltrato que van a sufrir ellos y ellas.

ESTUDIOS NECESARIOS

El maltrato a los animales en el contexto de la violencia doméstica es un campo de estudio novedoso y no desarrollado en nuestro país, que proporciona valiosas informaciones para elaborar estrategias en la ayuda de las víctimas de la violencia doméstica y crueldad hacia los animales, que vierten cifras impresionantes y que deberían inspirar acuerdos de colaboración entre distintos grupos para resolver los casos de violencia doméstica desde todos los ángulos. Estos estudios, que dan cifras muy similares, están realizados en casas de acogida para mujeres maltratadas de Reino Unido, Canadá y Estados Unidos.

Como muestra un botón. El 70 por ciento de las mujeres que tenían animales de compañía afirmaron que su pareja (el maltratador) había amenazado, herido o matado a su animal. El 85 por ciento de mujeres que acuden a una casa de acogida hablan de incidentes relacionados con animales de compañía. El 63 por ciento de los niños acogidos hablan de incidentes relacionados con maltrato a animales. El 30 por ciento, de las mujeres en la entrevista inicial, formula preguntas relativas a animales. El 94 por ciento de las mujeres con animales de compañía dijo que, si hubieran tenido un sistema de acogida de sus animales, hubieran escapado de sus hogares mucho antes.

¿POR QUÉ LOS MALTRATADORES SON TAMBIÉN CRUELES CON LOS ANIMALES?

Para poder demostrar y confirmar su poder y control sobre la familia, para aislar a la víctima y los niños, para eliminar la competencia por atención, para obligar a la familia a mantener la violencia en secreto, para enseñar sumisión, para vengarse de los actos de independencia, para perpetuar el contexto del terror, para evitar que la víctima se vaya u obligarla que vuelva, por castigo por haberse ido o para degradar a la víctima al involucrarla en el abuso.

En los hogares violentos los animales son utilizados y maltratados de forma habitual con la finalidad de amenazar o intimidar a los niños, mujeres y ancianos de la familia. Desde 1987, la American Psychiatric Association (APA) ha agregado la crueldad hacia los animales a la lista de criterios diagnósticos para desórdenes de conducta, el DSM-IV, asegurando que el maltrato puede ser un factor que predice la violencia hacia humanos. La crueldad hacia los animales se define como un “comportamiento socialmente inaceptable que, intencionadamente, causa dolor innecesario, sufrimiento o distres hacia y/o muerte de un animal” (F. Ascione, 1993).

En muchas ocasiones, ese maltrato se hace principalmente para poder ejercer el poder y la dominación sobre la víctima a través del chantaje: “si haces esto, mato al perro” o “si me abandonas, mato o regalo el gato”. A veces la mujer ha podido escapar, pero su pareja maltrata al animal que ha quedado en casa, con el fin de forzar su regreso o castigarla por haberse ido. El que el animal permanezca en casa es un factor que hace que se prolongue más la estancia de la mujer en el hogar, aumentando los riesgo de maltrato. En los casos de violencia doméstica, la persona que maltrata a la mascota es el mismo que maltrata a los demás miembros de la familia. El agresor generalmente comienza con abusos verbales hacia los miembros de la familia, continúa arrojando o golpeando objetos y su nivel de violencia aumenta al maltratar a la mascota del hogar, y terminas por cometer actos de violencia contra la mujer o los hijos.

El maltrato a los animales “socializa” al agresor con la violencia, es como si hubiera pasado una barrera, y, una vez maltratado al animal, existen menos inhibiciones para hacerlo con los seres humanos, haciendo más probable los actos de crueldad hacia los otros miembros de la familia. El agresor maltrata a la mascota como instrumento para hacer sufrir a la familia, como un modelo de lo que es capaz de hacer; amenaza y intimida para mostrar su poder y dominio.

REPERCUSIONES EN EL NIÑO

Otro dato descorazonador, y con muy mal pronóstico para el futuro, es que en el 30 por ciento de los casos los niños de entornos violentos también habían maltratado a los animales. “Un niño que crece rodeado de agresión contra cualquier ser vivo tiene más probabilidad de violar, abusar o matar humanos cuando sea adulto” (Kellert & Felthous, 1985). La Asociación de Psiquiatras Americanos afirma que la violencia hacia los animales podría tener un valor predictivo de violencia hacia los humanos. “Desdichadamente, en el marco de la violencia doméstica, los niños pueden aprender que los animales pueden ser maltratados e incluso que la conducta agresiva es aceptable hacia humanos” (White & Saphiro 1994). “Algunos niños se identifican con el agresor, que puede maltratarlos a ellos o al cónyuge, además da las mascotas, y se convierten ellos mismos en agresores” (Gill, 1994). Un estudio de la New Jersey Public Child Protection Agency revela que, en el 88 por ciento de las familias donde se había maltratado a los niños, también se había maltratado a animales. “En el 66 por ciento de los casos, el agresor había maltratado al animal para inculcar la disciplina al hijo” (DeViney, Dickert & Lockwood, 1983).

Los niños reciben, desde temprana edad, contacto con imágenes de animales, e incluso muchos conviven con una mascota. De éstos aprenden a ser responsables, a desarrollar empatía, afecto incondicional y muchos adquieren autoestima como consecuencia de su relación con su animal de compañía. Los estudios basados en el abuso animal y criminología adulta muestran que los primeros signos de crueldad hacia los animales tienen lugar en la niñez del abusador. Según la antropóloga Margaret Mead (1994), una de las cosas más peligrosas que le puede pasar a un niño es maltratar a un animal y salirse con la suya. Casi todos los niños atraviesan una etapa de crueldad “inocente”, en la cual pueden lastimar insectos u otros animales pequeños en el proceso de explorar el mundo y descubrir sus habilidades. La mayoría de los niños, con la guía adecuada de padres y maestros, se tornan sensibles al hecho de que los animales tienen capacidad de sentir y sufrir, por lo que tratan de evitarles sufrimientos. Algunos parecen quedarse encerrados en un patrón de crueldad que puede durar toda la vida.

“Amenazar con lastimar a la mascota de un niño es una técnica común utilizada por abusadores para mantener al niño callado sobre el abuso” (Summit, 1983). Protagonizar actos de crueldad de tal magnitud pueden llegar a ser igual de traumático como ser víctima de abuso físico. Es altamente probable que el niños presente un riesgo importante de convertirse en un padre abusivo que a su vez puede producir otra generación de niños violentos. Algunos niños imitan la violencia familiar que parece ser una forma de vida “normal” para ellos. Otros se sienten indefensos y usan a los animales como víctimas para demostrar su poder y autoridad, o como violencia “redirigida” por el enojo que sienten hacia los padres o la sociedad. No aprenden a valorar el respeto por la vida de los demás.

CENTROS DE ACOGIDA

Debido a que existen numerosos centros de acogida que no aceptan animales, las víctimas de la violencia doméstica suelen quedarse soportando peligrosas situaciones con tal de proteger a sus animales. El que el animal permanezca en casa es un factor que hace que se prolongue más la estancia de la mujer, en el hogar, aumentando los riesgos. Por este motivo, se debe promover el concepto de “refugios seguros para animales que han sido rescatados de hogares violentos, facilitando la salida del hogar de las mujeres víctimas de la violencia. Siempre son necesarios los hogares de acogida temporal, pero en estos casos la necesidad se vuelve quizás aún más dramática.

MIRANDO AL FUTURO

La violencia nos afecta a todos, directamente como víctimas, amigos o familiares de víctimas; o indirectamente como ciudadanos que deben soportar los costes de los sistemas legales y del servicio social que intenta prevenir o responder a la problemática. Como profesionales que hemos ampliado nuestro interés y preocupación, los veterinarios estamos llamados a desempeñar un papel para ayudar a encontrar acercamientos creativos en el tratamiento de la violencia en la sociedad y que vaya más allá del cuidado de los animales.

Éstas son las oportunidades que se nos presentan a los clínicos de pequeños animales para colaborar en la disminución de esta lacra social que es la violencia doméstica: desempeñar un papel dominante en la investigación y la documentación de la crueldad animal (como testigos expertos en el proceso de la crueldad animal y como centinelas para otras formas de violencia en la sociedad, ayudando a identificar el abuso en los niños, mujeres y ancianos, en un entorno de violencia doméstica); participar activamente en los equipos multidisciplinares de respuesta; ayudar a la creación de programas que protejan a los animales; proporcionar alojamiento temporal para los animales de mujeres que sufren la violencia doméstica; colaborar con los profesionales de la ayuda social para facilitarles el reconocimiento del abuso con los animales; actuar como índice predictor de la violencia doméstica; y participar en programas que orienten y prevengan a las poblaciones de riesgo, proporcionando albergue temporal a estos animales.

Hemos visto que el maltrato a los animales es un fenómeno frecuente en hogares disfuncionales. Por tanto podríamos pensar en considerarlos parte del catálogo de violencia doméstica, incluso como un indicador del grado de maltrato que se vive en el hogar, más que una curiosidad sociológica que acontece de forma paralela. El maltrato animal nunca debe pasarse por alto. Si se detecta de forma precoz, será posible romper la espiral de violencia y salvar la vida del animal y de las otras víctimas que sufren en silencio el terror y la brutalidad, paradójicamente, donde deberían encontrar amor, refugio y esperanza.

(El autor es Coordinador de la Comisión AVEPA y ha autorizado la reproducción de este artículo que apareció en la revista Animalia el mes de octubre de 2005)


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